Una mujer trata de ver más allá del cordón costero. En la cuenca el traidor no observa. Son muchos los cerros de cemento y los culos se empujan.
Si la mujer llora, el traidor muere de pena. Si la mujer se enoja, el traidor quiere explosar de furia.
Si la mujer juega… el traidor obedece.
Por eso el patético ciudadano sigue con las cuerdas en sus muñecas, bailando un waltz con una persona que no existe. Lo rodean las mujeres reales, riéndose y avanzando por la avenida.